ASCENSIÓN Y PENTECOSTÉS
(Fragmentos)
por: P. Pedrojosé Ynaraja
Marchó un día, Ascensión llamamos al último encuentro. Se sintieron solos y acobardados. Su Madre, Santa María, los animaba. Continuaban siendo creyentes apocados, como abundan tantos ahora, como lo somos nosotros mismos tantas veces.
Pero llego un día... Un gran estruendo sintieron, como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Vieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos fuego brillante, calor sin sofoco, luz que no deslumbraba, conmoción que no les causaba pernicioso estrés emocional, fue aquel momento... Estaban asombrados. Hay que advertir que todos lo estaban, excepto María. Para ella, como lo contó más tarde, el encuentro semejaba al que tuvo en Nazaret y que, al aceptarlo, la convirtió en Madre de Dios.
Eran algo así como un centenar. Apóstoles, las mujeres que nunca abandonaron al Maestro y otros discípulos... ¡Qué gran cambio ocurrió en su interior! No solamente no lo olvidaron nunca, sino que su vida, a partir de entonces, cambió y obraron siempre en consecuencia.
Señor Dios, yo no estaba allí, pero trato de identificarme con ellos, porque yo también, sin aparatosidad, he recibido el mismo Espíritu. Cada sacramento es mi individual Pentecostés. Iniciado en el Bautismo, que, evidentemente, no recuerdo, tuve una efusión intensa el día de la Confirmación que, sinceramente, tampoco fui suficientemente consciente de la importancia del momento. Sé que cada vez que comulgo, a la Gracia se le une la recepción del amo de la Gracia, nuestro Señor Jesucristo, inseparable Tuyo.
UN CENTENAR
Eran algo así como un centenar. Apóstoles, las mujeres que nunca abandonaron al Maestro y otros discípulos... ¡Qué gran cambio ocurrió en su interior! No solamente no lo olvidaron nunca, sino que su vida, a partir de entonces, cambió y obraron siempre en consecuencia.
¡AYÚDAME!
Quisiera que me ayudaras. Vivo en un mundo aburguesado, al que no le interesan estas cosas que no aumentan el producto interior bruto. No espero éxitos deportivos, ni la satisfacción del poseer. No me siento feliz y mi interior reclama algo que lo satisfaga. Quisiera siempre tener sed de Ti, porque en Ti veo mi esperanza.
La tradición ha dado nombres a lo que imagina son hitos de Tu bondad. Y dice que das la Sabiduría que tanto necesito. Deseo Entendimiento para proyectar mi futuro. Tengo necesidad de fortaleza, pues, sucumbo mucho ante la tentación. Preciso Ciencia para conocer donde está el bien. Carezco de Piedad, pues caigo muchas veces en la más ridícula frivolidad. Necesito el don de Consejo, que acompañe mi cotidiano vivir. Olvido el Temor reverencial y vivo en arriesgada trivialidad.
Sí, mi defensor, mi ayuda, también eres mi consuelo, no porque te dé pena, sino porque me amas y acudes en mi ayuda, situándote a mi lado, o estando a mi espalda, sin que te vea, pero siempre junto a mí. Todos estos dones los aprecio y reconozco que los necesito, pero como no son más que una vaga línea de tu generosidad, quisiera expresarme en otro lenguaje, que es más mío, más actual, pues las anteriores expresiones suenan a ciencia abstracta.
Si a tus dones especiales, llamados carismas, que responden a necesidades concretas, para momentos determinados a favor de personas que quieren ayudar a los demás, que desean que su Fe no sea cosa individual, como una verruga, unos ojos bonitos, unas medidas corporales armoniosas, yo, que hoy sinceramente tengo deseo de ser mejor discípulo de Jesús y que sé que para conseguirlo se precisa mi voluntad, pero que no es suficiente, a Ti, Espíritu Defensor, te pido ayuda. No quiero darte lecciones, te expreso mi sed interior, mis ensueños, con absoluta sinceridad. He aquí, pues, mi súplica.
No te pido saber sin esfuerzo, expresarme en lenguas que no sean la mía. Que fuera un don de aquel Pentecostés, no significa que tenga necesidad hoy yo de ello. Cada uno habla de acuerdo con su aprendizaje y así colaboramos muchos, mediante diferentes lenguas, en la difusión del único mensaje de Jesús.
Tampoco que mis ídolos deportivos, equipos o personas, triunfen, o que yo tenga sus mismas facultades. No aspiro a ello, sus victorias son pasajeras y se tornan banales con el tiempo. Deseo algo perenne. Lo pasajero, tal vez por un momento me interese, pero no me conviene, sé que una tal ganancia dificulta para elevarse a valores trascendentes. No me imagino que tenga yo fuerzas, ni ninguno otro, después de gritar vitoreando uno de tales éxitos o triunfos deportivos, ser capaz de preocuparme por el crecimiento de mi Fe y la de los demás.
Tampoco que se eleven los valores reconocidos de un país, aunque se trate del mío. Quien hoy ama al suyo con pasión, ignora o siente antipatía por otros, tal vez vecinos, que gozan de la misma dignidad humana, pese a que puedan carece de los valores históricos que atesora el mío. Aspiro a amar sin fronteras y sé que Tú, Espíritu de Amor, también lo quieres así.
Yo deseo que me ayudes a no caer en la depresión. En mi entorno, observo depravación, corrupción, abusos de poder, falsedades y traiciones, por uno y otro lado. Siento entonces el desanimo, creo presentir el fracaso, me acosa entonces y amenaza atenazarme, la tristeza. Lléname Tú de gozo, hasta rebosar.
LÍBRAME…
Líbrame del egoísmo, de la pereza. Los medios vociferan crímenes, desgracias, actitudes dominantes, prepotentes y me tienta el encerrarme en mi mismo y no buscar otra cosa que satisfacerme sin esfuerzo. Te pido que estés a mi lado, me ilumines, me estimules y me exijas, para que siempre me sienta y sea, colaborador tuyo.
Quiero ser feliz y aparentarlo. No por orgullo o vanidad, sino para que sea invitación a los que me conozcan, a seguir los mismos caminos. Que en mi interior resuene un gozo semejante al que imagino, cuando veo el rostro emocionado del que desde el podio, observa la bandera y el himno que suena para él. El himno de mi vida, de mi país espiritual, es el Te Deum, canto de alabanza a Tí. No es para vanagloria mía, que reconozco tengo tendencia a desearla, pero que ahora quiero ignorar. Si mi regocijo se escondiera en mi interior, a nadie le interesaría mi Fe. El Amor que me tienes, la felicidad que vivo, resultaría entonces desconocida para muchos y a nadie animaría yo a seguirte.
Quiero orientación para mi vida. Me siento esponja que se empapa del aburguesamiento, del egoísmo, del consumismo. Advierto que estoy sumergido, sin poderme escapar, sin conseguir huir, atrapado en el ambiente decadente que me envuelve. Deseo estar satisfecho y ser feliz de una manera nueva. Que la única desgracia es no ser santo y la excepcional congoja, fruto del pecado.